A veces la vida nos pone frente a decisiones difíciles. No por complejas, sino porque al tomarlas dejamos de encajar en lugares donde antes creíamos que sí. Y es ahí, en ese quiebre entre lo que somos y lo que se espera de nosotros, donde aparece una de las preguntas más importantes del camino personal: ¿voy a serme fiel o voy a seguir adaptándome para no incomodar?
Carl Rogers hablaba de la congruencia como ese estado en que lo que pensamos, sentimos y hacemos está alineado. No se trata de perfección, sino de honestidad con uno mismo. De no traicionarnos para encajar. De atrevernos a decir “esto no resuena conmigo” incluso si eso implica salir de lugares cómodos, prestigiosos o estables.
Elegirse puede ser incómodo. A veces implica reconocer que algo que parecía funcionar, en realidad nos estaba haciendo daño. O que estar en un espacio donde no podemos ser auténticos es una forma sutil —pero potente— de ir perdiendo el contacto con lo que somos.
Cuando una relación laboral, una amistad o incluso un proyecto importante empieza a exigirnos que callemos lo que sentimos, que aceptemos tratos que jamás toleraríamos para otros, o que renunciemos a nuestros valores para pertenecer, la congruencia nos invita a hacer una pausa y preguntarnos: ¿estoy actuando desde el respeto que me tengo o desde el miedo a no ser aceptado?
Ser congruente no es gritar ni imponer. Es poder retirarse con firmeza y respeto cuando algo deja de ser coherente con lo que uno quiere construir. Es decir “no” a tiempo. Es proteger la integridad incluso cuando nadie más parece valorarla.
Y a veces, la mayor muestra de amor propio es tener el coraje de irse de donde uno ya no puede estar sin traicionarse.
